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11 mar 2023

No se puede vivir de supuestos.

 





Yo no sé qué hago recordándote, no sé qué me da por que mi mente trabaje esas escenas cuando hay rayitos de luz golpeando a los feos muros de la vecindad de al lado, cuando el cielo se pinta de color yoghurt de durazno, y al fondo se ven las torres del teleférico con la frescura del aire que me salva del atosigante calor de una era en la que, lo preferible es no seguir dejando descendencia. 

    No se qué me da por seguir creyendo que aún ha pasado un año desde que tomé la decisión en aquél 8 de marzo de terminar, y me ha dado por querer guardar lo bueno de las cosas que compartimos en aquellos años, y de la disonante coincidencia que hizo unirnos.

    No sé qué pasa por mi cabeza, cuando me limité a verte como un enemigo a vencer dentro de mí, como algo que debería pasar al olvido. En algún momento en mí, te consideré de entre las peores cosas que pude haber experimentado. Y de unos años a la fecha, y cuando de repente, hallo alguna memoria en el banco correspondiente de recuerdos (en que los intereses han crecido favorablemente), observo que incluso, las fotos que llegaste a tomarme, se ven borrosas debido a que tu posibilidad de compaginar conmigo siempre se vio enmarcada por reclamos tipo: "¡no puedo creer que esté haciendo esto!", "¡Qué horror!".

    Quererte como lo hice, no pensé fuera un intento de imponerte mi forma de querer; me nacía preocuparme y esperarte fuera de clase y en nuestro pedazo de jardín. Sin embargo, contigo encontré reclamos por querer saber cómo estabas, por llamarte queriendo escuchar tu voz en un arranque de euforia de saber que eras mi compañera y que estaba próximo el fin de semana en que pudiera estar contigo, completamente. 

    No sé qué pasa conmigo que tiendo a recluirme en la obra de Love Of Lesbian, a querer proyectar paisaje en sitios semejantes a los que Haruki Murakami describía en sus novelas, que me hicieran querer caminar si no bajo los cerezos, sí bajo las Jacarandas con alguna canción de esas de fondo y al atardecer. 

    Cierto es también, que cuando decidí acabar con aquello, en 2016, en marzo, dentro de los primeros 10 días, las primeras jornadas posteriores a ti, estuvieron bajo el estigma de un enojo conmigo mismo... Verás: Recordar cómo insistías en que me decidiera a estar e intentarlo contigo y que al paso del tiempo, me demostraras que realmente no te importaba como cuando siendo novios, pensaras que era algo insignificante que bailaras con tu mejor amigo, y que "no negaras ni afirmaras" que entre él y tú hubiera algo ante los demás. O de que en una salida, tú y yo juntos, tuvieras a bien decir que nuestra relación "era como una máquina que parece forzar su paso", es decir, "a la que hay que darle palmaditas para que pudiera andar". O cómo olvidar cuando tras tocar el tópico de la LIBERTAD, me dijiste que "si quería besarme con alguien más, que lo hiciera, que era libre".

¿Que si me dolieron todas esas cosas? ¡Claro! Me dolieron porque en el momento en que las dijiste o las hiciste, pensé que algo estaba haciendo bien, pero me encontraba con alguien que años después confesó que pensaba que "todo lo que queria, era una relación abierta", o que de todas las cosas dichas, "ella solo me vendió la idea, y que yo me acabé comprando todo lo dicho" y con ello, hacerme responsable de que las cosas negativas permearan en lo nuestro, restándote culpa. 

    Volviendo al punto amada mujer de mi pasado, te recuerdo con gratitud, y acuño esa costumbre de recordarte a que todo eso me devuelve a los tiempos después de ti. Si bien, padecí un apego ansioso por todo aquello que veía en tus ojos y escuchaba en el tono de tu voz, dejarte me dejó posiblidades nuevas que, en su momento, sentí como un regalo de la vida. Primero, un ascenso laboral, el hacer nuevos amigos, tener bastante tiempo para mí y zafarme de aquello que me producía nudos en las entrañas, entonces confirmé aquello que me dijeron años atrás de que "a veces, la vida quita, pero también da (y viceversa)", y los momentos en mi trabajo, se complementaron de tardes en que comía lo que quería, disfrutar de los momentos a solas y conmigo o con amigos nuevos. Días aquellos en que salía de noche, miraba a la luna al llegar a casa, y a veces, estar con unas botellas en la mano mientras dejaba sentir el furor que me provocaba esa mezcla de humo y alcohol, y al amanecer, reponerme solo para sacar a mis hijos por la mañana e irme a trabajar nuevamente.

    Mantener ocupada la mente sirve para hacer menos pesado el proceso del olvido, pero es algo que se acumula hasta que como olla de presión, acaba por explotar. Y debo admitir que nunca trabajé en sanar esa herida; por un momento me resultó extraño tener que regresar a eso que era antes de ti. Yo pensé al ver todas esas cosas que tenías ocultas de mí que no había problema, pues antes de tí, "ya era yo", y después de tí, "tendría que cotinuar siendo yo". Volver a ese "yo" de septiembre de aquél año pasado en que entramos a la universidad y quitarme el disfraz de novio cuando ya para la otra persona, supongo ya estaba gastado y harapiento. 

    Tu partida me trajo la vivencia de muchas canciones que llegaron, de otras que se acabaron de asentar en mí, y de muchos colores que ví reflejados en el acristalamiento de algún edificio en Polanco, de muchos olores compartidos y mezclados, el aroma del cigarrillo que me rehusaba a dejar, el aroma de la chocolatera que a las 5 de la tarde seguía emanando sus deliciosos aromas, y el sol golpeando a la fachada gris de aquél estacionamiento que tenía enfrente, a veces volviendo áureos sus colores. Quise incluso tapar el dolor de lo que ví, y viví por cinco meses contigo con la llegada de alguien con quien pudiera sentir que caminar bajo las jacarandas, al ritmo de Love podía ser posible, pero solo quedó una ilusión que no quise que saliera de ese molde casi platónico y que, me hizo menos atirantado ese proceso de avanzar. Supongo, ese cúmulo de cosas vividas entre 2016 y 2017, fueron las mismas que me hicieron recordarte aún más, porque sí, seguro lo pasé todavía mejor, porque muchas cosas se mostraron en mi vida, y porque sí, fui capaz de sobreponerme. 

    Pero también, porque pienso en los rayos de sol que llevaron tu nombre por cinco meses, el interludio que precede al verso introductorio de "Oniria e Insomnia" en el minuto: 01:08, son una remebranza por ejemplo, de las veces que fuimos a tener un momento en que mis luces de artificio, solo se quedaron en pequeños chispazos y no te hice ver los colores que esperabas. También me devuelve a los momentos caminando por aquellas callejuelas del Centro de Tlalpan, entre las arboladas vías de la Condesa, sobre las planicies y taludes verdes del Centro Nacional de las Artes, en los jardines o plazoletas de Coyoacán, bebiendo alguna infusión o quizás, en algún puesto de comida rápida en los exteriores de la Metropolitana, o aprovechando los viernes para fugarnos a alguna sala de cine y tomar algún estreno o en la Cineteca Nacional... O ya más tarde, después de tí, a solas en mi azotea, en el silencio de la madrugada deseando estar en algún balcón en Madrid bajo el haz de luz de esa luna ibérica.

    He descartado de esos recuerdos, la sensación de sentir que te perdía en cada ida a clases, en cada momento en que llegaba a ti con la idea de pasarlo genial e irnos a comer; he despejado de ahí esa ansiedad de sentir que poco a poco te ibas aburriendo de mí y que, asi como pasó con la persona antes de mí, acabarías por hacer lo que Pedro con Jesucristo, negándome; y es que, es una sensación que no me sirve, porque a decir verdad, fuera de la ansiedad y de mis silencios repentinos provocados por ello, me encontré con alguien con quien podía hablar de diversas cosas, sustanciales, sin sentir que en cualquier momento me querría cambiar el tema por aburrimiento, y viceversa. 

    Sentí que podía escucharte y sentir que tu conocimiento era complementario. Éramos la teoría y la práxis. Sentí que en esas conversaciones podía tener un trecho más hacia ti, amaba la sola idea de sentir tus dedos enredados a los míos, cuando me abrazabas y te quedabas pegada porque el aroma de mi perfume te mantenía como imán al acero, y el amor epistolar que fuimos fraguando siendo descubridores de las semejanzas sintácticas entre nuestra escritura y las morfológicas en las letras. Esos testimonios escritos eran una manifestación un tanto para mi ego, de que podía ser querido de ese modo, pero también de pensar que a pesar de esas muestras y despliegues de mi ansiedad, algo estaba haciendo bien que me confirmaba que no estabas tan lejos, que quizás solo me hacía falta entenderte. Pero no puedo medir probabilidades con los "hubiera", con esos supuestos, aunque me he empeñado en que así sea y aún así, sentir que cada día te fuera perdiendo, a pesar que "me esforzaba" como hoy tiendes mucho a decir cuando recuerdas lo que dices, hice por tí. 

    A veces pienso en aquello que he romantizado, de decir que "me hubiera gustado crecer contigo", pero las cosas son como tuvieron que ser. De tu lado, comenzaste a tener varios problemas que algunos años más tarde se  acrecentaron hasta la pérdida y enfrentarte aún más a la soledad por un mundo en el que no te fue difícil incorporarte... La maldad es algo que no es nativo del ser humano, tal como Rousseau aseveraba, "el ser humano acaba por ser corrompido".
 
    Yo no sé qué hago recordándote si debí dejar que mi resentimiento siguiera mojando mi corazón al grado de que se echara a perder solito, sobra decir cuáles fueron las condiciones que me llevaron a concluir aquello, y que, a pesar de que alguna vez llegamos a reintentarlo, no pude por todo ese coraje que sentía, por ese ego herido, y por todo aquello que dije me hiciste, y que pasó. Hoy día, no puedo sostener un trato tan cordial, porque tiendo a caer más rápido en el aburrimiento con las personas que antes. Sé que hoy, menos que antes, una posibilidad podría vislumbrarse, pues han pasado años y heridas que nos han forjado de distinta manera. Pero hoy, mi recuerdo se da porque ya se hace con amor. Te recuerdo con amor, y quiero suponer he ido encontrando la paz en ello que antes me atormentaba, sé que la vida te ha dado muestras de que puedes y mereces ser amada, y creo que ahora podríamos funcionar, pero... No se puede vivir de supuestos. 

24 mar 2021

Una flor.


Busco una flor,
que no presuma sus espinas, 
que no alardeé de sus hojas secas, 
que no presuma sus raíces, 
ni que forcejeé a que vean sus otoños.

Que sea auténtica, 
que no clame que miren sus pasados, 
ni sus cenizas, 
que no busque el equilibrio, 
mediante la incesante del conflicto.

Busco a una flor que no se autoproclame perfecta, 
que sea una perfecta imperfecta, 
que sea un alma libre, 
sin ganas de herir a nadie...

15 ene 2017

Alma en tempestad.



Todavía huele a esas tardes entre semana, de hace 12 años, aunque sea en su interior y sólo en fin de semana, algo que le salve de la penosa realidad, algo que le haga percibir de otro sabor y olor a la cotidianidad. 

Está seguro de algo: ¡ya no tiene 15 años!
¡Ya no tiene las expectativas tan reducidas sobre el mundo!
¡Ya no se considera tanto como una nada!
Pero ¡tampoco ya hace las cosas a la fuerza!
Cree ya no ser poseedor de esa venda que le impedía ver más allá. Pero desea tanto hacer volver algunas cosas, intentar sobrevivir en este mundo tan lleno de comodidades, y resulta una situación que le es todavía más pesarosa. 

Hoy, como cada fin de semana, se dispone él a dar una caminata extensa, intensiva y coloreada por las calles de algún barrio aledaño; y efectivamente, ya no es "La Estrella", ya no es "La Nueva...", ahora es "Lindavista". Pero sus colores, sus olores, las sensaciones impresas, le remiten a 12 años atrás. Es como querer reescribir la historia pero, en otro sitio, con las mismas canciones, con el mismo recuerdo que doce años atrás le hizo tan completamente feliz, y que hizo que su vida comenzara a tener sentido (fue una de las tantas cosas que se comenzaron a dar). 

Pero, cercano a los 30, le aterra la idea de llegar a esa edad (inevitablemente), y seguir trayendo a la memoria, a la vida real el recuerdo (casi distorsionado) del niño que a los 15 años, se iba emocionando con las muestras correspondidas, las llamadas realizadas, la vitalidad y el disparo de sustancias que asientan la idea de alguna emoción gestándose, y algún lazo que le termina uniendo a alguien. 

Cada sábado, se ha convertido en el gozo pleno de saberse invadido por los rayos del sol, coloreando de naranja el atardecer, cubriendo de frío a la jornada. Es curioso que sea en los días en los que se deba descansar, cuando más agobiado y cansado se termine sintiendo. Han sido noches en las que la luna lo acompaña con su halo y le ilumina los suelos mientras alguna canción se escurre por la mente para terminar volcando en posición angular el pico de una botella de cerveza. Y cada sábado, se torna en el momento en que el mundo actual y su fastuosidad desaparecen, cuando se coloca en lista de reproducción aquellas canciones que le hicieron imaginar, las que le hicieron vivir, las que lo llevan al momento en que adornaba el árbol de navidad. O en las que se veía caminando por aquellas calles de "La Estrella" esperando una repentina aparición. 

Es increíble, que ya no sean las "Voces de Tango", ya no son las interrogantes que llevan a "Cuándo te has ido", aunque seguro "Pasos" terminará apagando ese momento. Pero, con toda certeza, será de las pocas cosas que ha podido conservar y por tanto tiempo; pues a 12 años de restrospectiva y de tantos sinsabores, lo que lo ha hecho pensar que fue su primera ocasión de sentir sin pensar tanto. 

25 oct 2015

Recuerdos al suelo.



Y ahora, nos vemos tirados al suelo, parece que ha sido mucho tiempo desde aquellos días en que comenzó todo esto; la toma de la Universidad por la tropa, recuerdo que quedaste atrapado en los baños de Arquitectura, y tuviste la suerte de escapar a expensas de que te encontraran. ¡Bendito Dios que, no te pasó algo! Otros no corrieron con la misma suerte y aparecieron asesinados días después.

Y, me veo contigo, tirados al suelo, recordando cada uno de esos días turbulentos del verano de 1968, las largas jornadas en las brigadas, en la periferia de la Ciudad: La Merced, Iztapalapa, Tacubaya, Coapa; las noticias que nos llegaban por boca de los compañeros sobre la sangrienta derrota y toma del Politécnico a manos del Ejército.

Las ocasiones en que preferíamos hacer a un lado esas cosas e ir al Cine Tlatelolco, a la Zona Rosa (aunque sea a mirar o tomar un café), la iluminación del Centro. Cuando llegabas y me dabas vueltas por el Centro Médico; los momentos en que nos pasábamos tirados en el pasto, en las islas de Ciudad Universitaria, observando el recorrido de las nubes y dejando al tiempo escurrirse.

O como cuando me pediste ser tu compañera, ese día fue realmente inesperado, y dije que debía meditarlo, estaba sin cabeza por las cosas que pasaban a nuestro alrededor, la ignominia de nuestros adultos y tu estado de salud me tenían con cierto desconcierto; vivías con ese pendiente de cuidarte las espaldas, ya habías tenido ciertos episodios en los que el pánico te abordaba y no sabías en qué momento, podría llegar a ser el último. Vivías esperando el "apañon" -como decías tú-.

Y cuando recibí tu propuesta, hasta habías comenzado a tartamudear...

Nunca imaginé verte así, estaba anonadada, nunca vi o pensé llegar a ver al hombre fuerte y alto, arquitecto de estudio, guerrero de pensamiento y acción doblegarse, perderse por una cosa así; y es que, no era cualquier cosa.

Un hombre fuerte adopta esa fortaleza
por la cantidad de sucesos previos que vivió en el pasado, cosas que ya no me tocó ver en ti, para apaciguarlas, para tranquilizarte, para que no tuvieras casi todo el tiempo ese rictus de seriedad en la frente; pero de repente, te viste tan tierno y vulnerable en ese instante.

Recuerdo los mítines en Tlatelolco, las noticias de aquellas encarnizadas batallas en la ciudad, la bazuka en San Ildefonso, el ataque a la Vocacional 5; me preguntaba si era necesario que todo esto hubiera llegado a este punto. La vida debía cambiar y para ello, la vida debía dar giros para que ese sacrificio no fuera en vano, aunque lo terrible de todo esto, era el sacrificio mismo.

Había yo salvado el pellejo el día que la Universidad fue tomada, yo estaba en Copilco cuando escuché que la gente daba alaridos de terror por la cercanía de la tropa; yo iba con mi bonche de papeles que recién había recibido por mi labor en el mimeógrafo, largas jornadas de sonidos mecánicos para informarle a todos que, nuestra lucha era pacífica (¡de qué serviría!).

Esa tarde, sentí un terrible sobresalto, y me dirigí corriendo a CU; Mariela, nuestra amiga en común me detuvo -poco le faltó para clavarse al suelo para evitar mi marcha-. Pero ya no pude hacer más, la Universidad ya estaba rodeada, lo único en lo que pensaba era en tu horror y el coraje que las bayonetas te provocaban, te imaginé en alguna de esas escenas que salieron al otro día por el periódico: sometidos, manos a la nuca, acostados en la plaza de Rectoría, o parados con los militares acosándolos a ustedes, y cantando el himno nacional con los dedos levantados con la "V" de victoria.

Pero, también recordé que detestas cantar el himno nacional, no por una expresión apátrida sino, porque no te parecía correcto usar una letra que enaltece a la patria mediante la guerra, en un movimiento pacífico.

Sentí que el corazón se me iba ese día, te recuerdo por ultima vez en la cafetería de la Universidad, dijiste que recogerías material que olvidaste en el taller; o si acudirías a informarte sobre alguna resolución a la que se haya llegado en alguna de las largas disertaciones del Consejo.

Me contaste que tuviste que caminar largas horas por la oscuridad,
sorteando a las alimañas del pedregal, las espinas de la vegetación de Santo Domingo, y con el amplio temor de ser hallado por algún hambriento militar; dos días con el Jesús en la boca, hasta que te vi desgañitado y con muchos raspones, tus botas ya lucían la marca del trato de la roca, y ya se había despegado la suela y tus pantalones lucian rasgados, pasaste horas escondiéndote en alguna caverna; tomaste Insurgentes y seguiste tu marcha hasta Chapultepec y de ahí a Tacuba. ¡Qué cansancio el tuyo! Dos días sin comer y beber algo, tuve que marcar a la Dra. Arámburo para no ir al Hospital y te hicieran preso.

Ya vivía con ese temor.

Recuerdo cuando me platicabas de aquella primera marcha por Insurgentes hasta Félix Cuevas y de regreso por Avenida Universidad, ese día no pude ir porque mi madre estaba enferma; ya se hablaba de que el Batallón de Paracaidistas estaba situado con bayoneta calada a la altura de la Glorieta de Insurgentes y se decidió volver a la Ciudad Universitaria; estabas detrás del rector Barrios Sierra, me platicabas de la Tridilosa del ingeniero Heberto Castillo. ¡Cómo te impresionaban esas personas!

Ahora, nos vemos en el suelo, regresando al momento en que me pediste afianzar mi compañía,  y te dije que lo debería pensar, estaba asediada por el miedo de los días previos, saber que hubo amigos que nunca más volvieron a casa, que no sé si volverán; me hallo recordando esa tarde tirados al pasto, los momentos contigo en algún punto de la ciudad, como cuando prometiste llevarme por el Metro una vez que lo inauguraran; como Arquitecto te encantaba la idea de tener un servicio de primer mundo en nuestra ciudad. Siempre le viste lo hermoso al caos que suele llegar a ser la ciudad, querías seguir los pasos de Mario Pani.

Ahora intento no ver el momento en que hoy nos encontramos, al suelo de la plaza. Hace ya una hora que comenzó el tiroteo, y no supe qué pasó que, sentí un extraño calor y adormecimiento de la pierna, y caí al suelo.

Me dijiste que descuidara, que todo pasaría, vimos personas caer, uno a uno; alguno con una perforación, quizás dos en el tórax, una manta de la Facultad de Derecho yacía pisoteada y llena de agua, una gorra de ferrocarrilero ensangrentada, imaginé el destino del portador de la misma y me negué a seguir viendo.

Hubo otros, que sin cráneo terminaron, o terminaron sin un pedazo de cara por bala expansiva; los hubo desde niños hasta ancianos, pasando por los que éramos estudiantes, desde los más pequeños que venían iniciando cursos en la Preparatoria, en las Vocacionales y que fueron a dar ahí por la curiosidad que les engendraba el movimiento, o por ser un incipiente conjunto de futuros miembros del mismo. ¡Qué gran espíritu! Y qué tristeza su destino.

Hubo madres embarazadas, abuelos que recogían a sus nietas o hijas de la escuela, pensando quizás que la edad los haría merecedores de la compasión de la bayoneta, sin tomar en cuenta que la bayoneta no tiene conciencia, y que sólo tiene motor en el ímpetu que la obliga a abrirse paso en el cuerpo que atraviesa; hubo perros alcanzados por las balas, flores pisoteadas y nosotros, que yacemos tirados, en el suelo, conteniendo las ganas enfermas de tiritar, de gritar, de sangrar.

Ambulancias sonando, detonaciones, un claxon que no deja de sonar hacia el eje Central... Todo es una rara película, es una pesadilla.

La vida juntos pasa una a una, te he tomado la mano, hubo un momento en que esa mano pasó del clásico calor tuyo, a un estremecedor frío. Pensé que en algún ataque de pánico tuyo, la presión te había bajado y por ello esa reacción de tu cuerpo, y ya me había acostumbrado a verte así y sólo bastaba con decir que "todo iba a estar bien", y abrazarte.

Más, algo me decía que ya no iba a ser así, ahora los momentos que viví a tu lado, en el Moro, en el cine, en las asambleas del Justo Sierra, en las islas de la Universidad, cada que ibas por mí a Filosofía, y de ahí perdernos en tu "Renol" por el pedregal; en las brigadas, todo pasaba por mi cabeza en ese momento en que el tiroteo amainaba, llevábamos una hora echados al suelo en esa lluvia de agua y balas.

Ahora, recuerdo que me dispuse a dejar de pensar tanto, y admití tu propuesta, decidí que al terminar el mitin respondería a la pregunta que me hiciste en la escuela, hoy que estamos en esta posición me di el valor de decir: "¡Si! Sí acepto irme contigo, ¡quiero vivir con más intensidad los días a tu lado! Y seguir perdiendo el tiempo viendo las nubes desde el pasto de CU, quiero estar contigo el resto de mis días."

...

Me hubiera encantado decirte todo esto, estando tú presente ahora, y ahora me veo empapada y sintiendo las ganas de tragarme mis gritos, nos hallamos hinchándonos debajo de esta inclemente lluvia, me hallo observando tu cuerpo, el frío de tu mano fue causado por una bala que te atravesó el cráneo, te arrebató de mi vida como esas hojas del otoño cuando son sopladas por el viento.

Quisiera tanto haberte dado el "Si", y ver tu sonrisa por ello, seguir con nuestros planes una vez que esto hubiera acabado, regresar al tiempo y vivir en paz, conocer todo lo que vendría tiempo después, cuando las aguas se tranquilizaran.

Ojalá que Tlatelolco nunca hubiera llegado.

29 jul 2009

Situación o razón cósmica.


    Hoy, la mañana luce fría, has despertado con sueño y sintiendo las ganas de cubrirte con ocho cobijas más pues, el día ha amanecido nublado y resultaba difícil distinguir entre la madrugada y el amanecer frio, sin ese molesto astro queriéndose hacer notar entre las cortinas; hay algo que te obliga a levantarte tan temprano cuando en la madrugada habías bebido alcohol y fumado cigarrillos, pues tu impulso y una extraña sensación de felicidad te lo exigían y tienes que levantarte temprano para ir a trabajar. 

    Ya es de día, hace frío y con mucha apatía te metes a bañar, abres completamente la llave de la regadera del agua caliente, dos giros a la del agua fría para que así puedas reanimarte y tener ansias de no seguir acobijado y no sientas despellejarte con el sauna improvisado de ese momento.

    Con nuevos bríos, en la mesa aparece de forma misteriosa un vaso grande y humeante de café con un pan para acompañarle, esperando que con ello te arranques ese sabor amargo de alcohol y nicotina que persiste aún y después de haberte cepillado los dientes; hoy deberás empaparte de monotonía y sabes que todo esto tendrá su recompensa porque cuando el reloj marque las 14:00 horas desde el momento en que comenzaste a soñar, saldrás impaciente por las escaleras del edificio donde trabajas y encenderás un cigarro, pensando únicamente en la persona que te maravilla desde hace poco tiempo.  

    Y así, terminas el café y emprendes la marcha hacia la terminal del metro donde tendrás que sobrevivir a los empujones y golpes de aquellos que corren el mismo destino que tú. Así, entre los túneles y los recordatorios del 10 de Mayo al operador del vagón, sales disparado hacia la caminata que te llevará a ese lugar que también te hace sentir útil; en el trayecto sacas el encendedor (que no deberá de faltarte), enciendes un cigarro y te pones a buscar una buena canción en tu memoria porque antes de salir de casa, tuviste a bien la idea de poner música para amenizar tu fugaz desayuno. Caminas entre los charcos, entre la gente que con su paso entorpecen el tuyo, entre pequeños riachuelos de agua ves asomarse al sol que, se abre paso entre las nubes que últimamente le han estado robando cámara. 

    De repente, te pones a pensar en ese motivo que te hizo cambiar la perspectiva de las cosas,  llegas, pasas lista, te registras, entras al local, te pones los auriculares, enciendes el monitor y empieza la jornada; esperas con ansias que marque el reloj la hora de salida para que cuando te den la indicación, salgas disparado del lugar, bajando con prisa las escaleras y enciendas nuevamente un cigarrillo, aquel que hará que te olvides de esa mañana que te resultó particularmente pesada. Sales con tu amigo y platicas de cosas sin relevancia, pensando en la presión que te dejaba esto, a la vez que comías las ansias por llegar a verla. 

    Has llegado a la estación que te dejará en las puertas de la preparatoria, las ansias de poder verla son casi mortales y aguardas, no hayas razón de su presencia, está ausente y no puedes evitar notarlo, al final habrá oportunidades más para estar con ella, puesto que esto que vives a su lado, apenas comienza.  

    Ya entradas las horas del ocaso, sales con tus amigos, buscan refugio en un camellón y comienzan a beber la delicia de la cebada fermentada, sin contar la presencia de aquellos guardias de la calle que al final logran evadirlos dirigiéndose al puente que ayuda a las personas a atravesar la gigantesca avenida que se hace llamar "Insurgentes Norte", mismo que permite atravesar al otro lado de la civilización, aquél que define la línea entre lo bello y lo horrible. 

    Entre la plática, siendo las 6:24 de la tarde, piensas en Alejandra, la recuerdas, le guardas con cariño al recordar como fue el inicio de toda esa aventura juntos, y es que, precisamente en ese mismo instante en que por alguna razón cósmica, has comenzado a recodarle mucho más de lo debido, mientras escuchas al amigo en común sobre su personalidad, confirmas que ha sido una tarde perfecta.  

    Emprendes el regreso a casa, te miras en el reflejo de la puerta del vagón, tus ojos se cierran y el calor dentro del mismo es insoportable; la noche es fría, y has olvidado que hay alguien rondando en tu cabeza, que hay situaciones muy importantes en qué agotar toda tu atención y, sólo sales de la estación-terminal. Agitado y fastidiado... Llegas a casa. 

    Abres la puerta, te recibe el perro, esa mujer llamó a tu casa, te diriges al identificador de llamadas y su numero aparece a las 18:24 de la tarde, te ha marcado y tú estabas ausente, no pudiste responder pero fue como si la hubieras invocado con la mente. 

    Situación o razón cósmica, justo a esa hora, mirabas el reloj en el puente al son de las burbujas de la cerveza y el sol ocultándose sobre el puente, te acordabas de ella.