26 abr 2023
Adiós, luz del amanecer, sol tras mi tormenta.
6 abr 2021
Cuándo te has ido (el amor, el deseo en el hormiguero)
¡Qué días estando allá!
En el montículo de hormigas, donde si bien, todos tenían cuerpo de hormiga, y había mucho maíz por esa zona, y la abrasión de la ciudad en esa zona hizo que otras faunas llegaran a ese punto. Ahí, las tardes, como aquí, se aprendieron a amar, se teñían de amarillo áureo, un naranja amelocotonado, las nubes viajaban y a la vista del cielo azul nunca taparon, el sotavento las llevaba a la puesta poniente creando una gama de celajes imponentes.
Han pasado muchos años desde el momento en que cerré la puerta de ese lugar donde residí por última vez, y ahora que he vuelto, no puedo decir mucho de las caras de las personas, pues nunca me interesaron, pero he visto varios puntos que sí se han transformado, la mayoría siguen igual.
Hoy, en tiempos de encierro, decidí emprender el viaje desde el Metro Revolución, caminar por la Ribera de San Cosme, esquivando Puente de Alvarado, paso la casa de Mascarones, metro San Cosme, la ESANS, Circuito Interior, el cine Cosmos, el metro Normal, la Normal Superior de Maestros, el Casco de Santo Tomás.
Hay carriles confinados de bicicleta, el calor que se percibe es el mismo, mi música igual y es que esta, ha sido preparada con antelación ante la posibilidad de tomar calle y aprovechar ese sol que a mis 21 años tenía la costumbre de caminar. Ese lugar fue lo que el amor en dos personas que no se agradaban, aquí vine a madurar, aquí enfrenté mis primeras decepciones y llorarles mientras fumaba un cigarrillo, mis decepciones laborales, la crueldad del mundo y de los principios mentales que dan origen al placer. Aquí encontré poco a poco razones para amar la nada, aquello que nadie veía y que solo yo disfrutaba; cuando ya el mundo dejó de resultarme fastidioso, cuando una mujer con nombre de "deseo" me coloreó y saborizó mis días con cerveza y cigarrillos, en un largo trayecto, acabé por rendirme a los pies de esta vida ahí.
15:00 horas, después de un largo día de recibir quejas de telefonía y responderlas de manera escrita, de probar unos tacos "campechanos" y un agua de un litro para aguantar las largas jornadas sentado, salía disparado de ese viejo edificio de avenida Yucatán, otro largo recorrido me esperaba en metro, llegar a la Normal caminando desde Insurgentes al metro del mismo nombre, transbordar en Pino Suárez, o caminar a Chilpancingo para hacer el largo trayecto a la línea 2 y transbordar en Chabacano y llegar a mi destino. Tenía la opción de subir a un transporte público, pero era más desesperante la espera, sentado, y la luz del sol pegándome mientras el carro llenaba gente. Opto por seguir caminando, atravesando puestos de comida, a futuros maestros, automotores aparcados, la hojarasca tirada y la sombra de las frondas de los árboles: atravieso la Avenida de los Maestros, llego a la Superior de Medicina del Politécnico, camino por una gran acera.
Hay un mix de canciones dispuestas a hacerme vivir el momento, llevo cuatro cigarrillos aún sin encender, hay varias jacarandas aguardando al momento de florecer... Es noviembre, octubre, febrero del siguiente año, ¡qué más da! Estoy viviendo un momento único, no sé por cuánto tiempo será, pero seguro estoy que está siendo. Llego a Calzada de los Gallos, llego a las vías del tren, he llegado a un oasis llamado Nueva Santa María, mis canciones en español se cuentan una a una y he llegado a Eulalia Guzmán, voy con el sol a plomo, mi mochila Vans ahora no viene cubierta de aroma a cigarrillo pero voy en silencio, solo se me ve caminar por la gran calle, con unos audífonos naranja y la música a todo volumen, pienso en Desirée.
Atravieso la avenida, y camino dos cuadras, nada novedoso, solo casas del antiguo fraccionamiento, el Colegio La Paz... enciendo mi cigarrillo. Hace calor (como Los Rodriguez me cantaban), me estoy secando, mi piernas sienten el rigor de andar a las tantas de la tarde y mi deseo en la cabeza. Mis botas pesan, se han aligerado mis pasos, he atravesado el parque Revolución y me dirijo a Guanábana, voy por el segundo cigarrillo, me seco cada vez más, y a pesar de la sequía inducida, continúo avanzando. Mis canciones me han hecho ligero el viaje, a veces suena Jarabe de Palo, a veces es Enrique Bunbury, a veces es Miguel Mateos, Fobia, Las Pelotas, Radio Futura, Andrés Calamaro, Gustavo Cerati, José Fors, Amaral ¡qué lujo que todas esas voces confluyan en el recuerdo de la Desi! ¡Llegar a Azcapotzalco jamás había sido tan grato!
He llegado a casa, una puerta a tiro de búnker nos abre paso. Tiro las cosas, no me quito las botas a pesar del dolor de piernas experimentado, me he quedado dormido, estoy sudando, estoy pagando la gracia de mi andar. Solo quiero que llegue la puesta de sol.
Aquí, el atardecer con una cajetilla de cigarros y una cerveza da pie a mi ritual; al atardecer, veo al sol pegarle a las copas de los árboles, a las palmeras, los pájaros conocen el panorama mediante sus vuelos. Todo es color oro, amarillo, celajes de melocotón, como mi casa y su aroma a durazno.
El primer trago y suena "Bocanada", y libero mis estreses, mis ansiedades, maximizo al amor y me vuelvo uno con ella, aunque conmigo no esté, aunque solo la haya visto una vez, su recuerdo y persona han quedado para siempre. Con "Audiorama", intento recorrer la cinta de la película que me devuelve a aquél 24 de octubre en que la fui a dejar a su casa tras la feria del libro del Zócalo: Av. Monterrey y Nayarit donde se despide y me abraza, yo sigo mi curso hasta la glorieta de Insurgentes, yo traigo prendado ese recuerdo y en esta tarde, mirando al sol ponerse y romper las nubes.
Su recuerdo, me baña con la luz del sol, el sabor de la cerveza, y "Córdoba" de Duncan Dhu.
24 mar 2021
Una flor.
28 ene 2021
Fantasmas
Cuando una persona muere, su espíritu queda encerrado en el escorzo que forman los muros en donde su cuerpo físico respiró por última ocasión, por ello, las almas penan, quedan ahí y vuelven frío el ambiente, ahuyentan a quien resida en esos lugares, no soportan la idea de compartir espacio con seres vacuos y frívolos por ello recurren al espanto.
No les basta que les pongas velas, no basta con llamar al curandero, ni al espiritista para comunicarse con él. Las almas son un lemento etéreo que queda atrapado en las paredes, en los rincones, en el filo de las cornisas, en las juntas de los mosaicos, en las tuberías. Lo mejor es derrumbar la casa, hacer fallar las estructuras y que todo vaya acabando poco a poco para ese sitio, que la ruptura de sus muros deje escapar todos los lamentos, todos los suspiros de este o todos los seres que han transitado en ese lugar.
Y si me lo preguntas, respondo a ello que, derrumbar un sitio, significará reconstruir algo que traerá nuevas historias.
14 ene 2021
A tu lado...
En el día 44 sin tI, me pasó que veía las nubes, escuchaba pistas saliendo de una bocina imperceptible, invisible, y de repente, lo que estaba cubierto de nubes, ya se había transformado en velos discretos de cielo color lila tornasolado; ya era común ver algo así desde los días 39, 40 y 41, el 42 estuve por tomar la calle y el viento me hizo retraer mi paso para solo terminar por darle vuelta al cerrojo de mi casa y no emprender la huida.
25 oct 2015
Recuerdos al suelo.
Y ahora, nos vemos tirados al suelo, parece que ha sido mucho tiempo desde aquellos días en que comenzó todo esto; la toma de la Universidad por la tropa, recuerdo que quedaste atrapado en los baños de Arquitectura, y tuviste la suerte de escapar a expensas de que te encontraran. ¡Bendito Dios que, no te pasó algo! Otros no corrieron con la misma suerte y aparecieron asesinados días después.
Y, me veo contigo, tirados al suelo, recordando cada uno de esos días turbulentos del verano de 1968, las largas jornadas en las brigadas, en la periferia de la Ciudad: La Merced, Iztapalapa, Tacubaya, Coapa; las noticias que nos llegaban por boca de los compañeros sobre la sangrienta derrota y toma del Politécnico a manos del Ejército.
Las ocasiones en que preferíamos hacer a un lado esas cosas e ir al Cine Tlatelolco, a la Zona Rosa (aunque sea a mirar o tomar un café), la iluminación del Centro. Cuando llegabas y me dabas vueltas por el Centro Médico; los momentos en que nos pasábamos tirados en el pasto, en las islas de Ciudad Universitaria, observando el recorrido de las nubes y dejando al tiempo escurrirse.
O como cuando me pediste ser tu compañera, ese día fue realmente inesperado, y dije que debía meditarlo, estaba sin cabeza por las cosas que pasaban a nuestro alrededor, la ignominia de nuestros adultos y tu estado de salud me tenían con cierto desconcierto; vivías con ese pendiente de cuidarte las espaldas, ya habías tenido ciertos episodios en los que el pánico te abordaba y no sabías en qué momento, podría llegar a ser el último. Vivías esperando el "apañon" -como decías tú-.
Y cuando recibí tu propuesta, hasta habías comenzado a tartamudear...
Nunca imaginé verte así, estaba anonadada, nunca vi o pensé llegar a ver al hombre fuerte y alto, arquitecto de estudio, guerrero de pensamiento y acción doblegarse, perderse por una cosa así; y es que, no era cualquier cosa.
Un hombre fuerte adopta esa fortaleza
por la cantidad de sucesos previos que vivió en el pasado, cosas que ya no me tocó ver en ti, para apaciguarlas, para tranquilizarte, para que no tuvieras casi todo el tiempo ese rictus de seriedad en la frente; pero de repente, te viste tan tierno y vulnerable en ese instante.
Recuerdo los mítines en Tlatelolco, las noticias de aquellas encarnizadas batallas en la ciudad, la bazuka en San Ildefonso, el ataque a la Vocacional 5; me preguntaba si era necesario que todo esto hubiera llegado a este punto. La vida debía cambiar y para ello, la vida debía dar giros para que ese sacrificio no fuera en vano, aunque lo terrible de todo esto, era el sacrificio mismo.
Había yo salvado el pellejo el día que la Universidad fue tomada, yo estaba en Copilco cuando escuché que la gente daba alaridos de terror por la cercanía de la tropa; yo iba con mi bonche de papeles que recién había recibido por mi labor en el mimeógrafo, largas jornadas de sonidos mecánicos para informarle a todos que, nuestra lucha era pacífica (¡de qué serviría!).
Esa tarde, sentí un terrible sobresalto, y me dirigí corriendo a CU; Mariela, nuestra amiga en común me detuvo -poco le faltó para clavarse al suelo para evitar mi marcha-. Pero ya no pude hacer más, la Universidad ya estaba rodeada, lo único en lo que pensaba era en tu horror y el coraje que las bayonetas te provocaban, te imaginé en alguna de esas escenas que salieron al otro día por el periódico: sometidos, manos a la nuca, acostados en la plaza de Rectoría, o parados con los militares acosándolos a ustedes, y cantando el himno nacional con los dedos levantados con la "V" de victoria.
Pero, también recordé que detestas cantar el himno nacional, no por una expresión apátrida sino, porque no te parecía correcto usar una letra que enaltece a la patria mediante la guerra, en un movimiento pacífico.
Sentí que el corazón se me iba ese día, te recuerdo por ultima vez en la cafetería de la Universidad, dijiste que recogerías material que olvidaste en el taller; o si acudirías a informarte sobre alguna resolución a la que se haya llegado en alguna de las largas disertaciones del Consejo.
Me contaste que tuviste que caminar largas horas por la oscuridad,
sorteando a las alimañas del pedregal, las espinas de la vegetación de Santo Domingo, y con el amplio temor de ser hallado por algún hambriento militar; dos días con el Jesús en la boca, hasta que te vi desgañitado y con muchos raspones, tus botas ya lucían la marca del trato de la roca, y ya se había despegado la suela y tus pantalones lucian rasgados, pasaste horas escondiéndote en alguna caverna; tomaste Insurgentes y seguiste tu marcha hasta Chapultepec y de ahí a Tacuba. ¡Qué cansancio el tuyo! Dos días sin comer y beber algo, tuve que marcar a la Dra. Arámburo para no ir al Hospital y te hicieran preso.
Ya vivía con ese temor.
Recuerdo cuando me platicabas de aquella primera marcha por Insurgentes hasta Félix Cuevas y de regreso por Avenida Universidad, ese día no pude ir porque mi madre estaba enferma; ya se hablaba de que el Batallón de Paracaidistas estaba situado con bayoneta calada a la altura de la Glorieta de Insurgentes y se decidió volver a la Ciudad Universitaria; estabas detrás del rector Barrios Sierra, me platicabas de la Tridilosa del ingeniero Heberto Castillo. ¡Cómo te impresionaban esas personas!
Ahora, nos vemos en el suelo, regresando al momento en que me pediste afianzar mi compañía, y te dije que lo debería pensar, estaba asediada por el miedo de los días previos, saber que hubo amigos que nunca más volvieron a casa, que no sé si volverán; me hallo recordando esa tarde tirados al pasto, los momentos contigo en algún punto de la ciudad, como cuando prometiste llevarme por el Metro una vez que lo inauguraran; como Arquitecto te encantaba la idea de tener un servicio de primer mundo en nuestra ciudad. Siempre le viste lo hermoso al caos que suele llegar a ser la ciudad, querías seguir los pasos de Mario Pani.
Ahora intento no ver el momento en que hoy nos encontramos, al suelo de la plaza. Hace ya una hora que comenzó el tiroteo, y no supe qué pasó que, sentí un extraño calor y adormecimiento de la pierna, y caí al suelo.
Me dijiste que descuidara, que todo pasaría, vimos personas caer, uno a uno; alguno con una perforación, quizás dos en el tórax, una manta de la Facultad de Derecho yacía pisoteada y llena de agua, una gorra de ferrocarrilero ensangrentada, imaginé el destino del portador de la misma y me negué a seguir viendo.
Hubo otros, que sin cráneo terminaron, o terminaron sin un pedazo de cara por bala expansiva; los hubo desde niños hasta ancianos, pasando por los que éramos estudiantes, desde los más pequeños que venían iniciando cursos en la Preparatoria, en las Vocacionales y que fueron a dar ahí por la curiosidad que les engendraba el movimiento, o por ser un incipiente conjunto de futuros miembros del mismo. ¡Qué gran espíritu! Y qué tristeza su destino.
Hubo madres embarazadas, abuelos que recogían a sus nietas o hijas de la escuela, pensando quizás que la edad los haría merecedores de la compasión de la bayoneta, sin tomar en cuenta que la bayoneta no tiene conciencia, y que sólo tiene motor en el ímpetu que la obliga a abrirse paso en el cuerpo que atraviesa; hubo perros alcanzados por las balas, flores pisoteadas y nosotros, que yacemos tirados, en el suelo, conteniendo las ganas enfermas de tiritar, de gritar, de sangrar.
Ambulancias sonando, detonaciones, un claxon que no deja de sonar hacia el eje Central... Todo es una rara película, es una pesadilla.
La vida juntos pasa una a una, te he tomado la mano, hubo un momento en que esa mano pasó del clásico calor tuyo, a un estremecedor frío. Pensé que en algún ataque de pánico tuyo, la presión te había bajado y por ello esa reacción de tu cuerpo, y ya me había acostumbrado a verte así y sólo bastaba con decir que "todo iba a estar bien", y abrazarte.
Más, algo me decía que ya no iba a ser así, ahora los momentos que viví a tu lado, en el Moro, en el cine, en las asambleas del Justo Sierra, en las islas de la Universidad, cada que ibas por mí a Filosofía, y de ahí perdernos en tu "Renol" por el pedregal; en las brigadas, todo pasaba por mi cabeza en ese momento en que el tiroteo amainaba, llevábamos una hora echados al suelo en esa lluvia de agua y balas.
Ahora, recuerdo que me dispuse a dejar de pensar tanto, y admití tu propuesta, decidí que al terminar el mitin respondería a la pregunta que me hiciste en la escuela, hoy que estamos en esta posición me di el valor de decir: "¡Si! Sí acepto irme contigo, ¡quiero vivir con más intensidad los días a tu lado! Y seguir perdiendo el tiempo viendo las nubes desde el pasto de CU, quiero estar contigo el resto de mis días."
...
Me hubiera encantado decirte todo esto, estando tú presente ahora, y ahora me veo empapada y sintiendo las ganas de tragarme mis gritos, nos hallamos hinchándonos debajo de esta inclemente lluvia, me hallo observando tu cuerpo, el frío de tu mano fue causado por una bala que te atravesó el cráneo, te arrebató de mi vida como esas hojas del otoño cuando son sopladas por el viento.
Quisiera tanto haberte dado el "Si", y ver tu sonrisa por ello, seguir con nuestros planes una vez que esto hubiera acabado, regresar al tiempo y vivir en paz, conocer todo lo que vendría tiempo después, cuando las aguas se tranquilizaran.
Ojalá que Tlatelolco nunca hubiera llegado.
3 mar 2014
Las aguas...
Y es que ahora, me veo sentado en los bordes de la banqueta, mirando como pasamos del estrangulador y atosigante calor, a un extraño día nublado, huele a lluvia, y aún no ha llovido. Se sigue sintiendo calor, y este color gris de las nubes ha provocado llegar a la conclusión de que sigo ahogándome en un mar de recuerdos.
Observo a "los tordos", que se pelean en la orilla de la calle, se la han pasado un largo trayecto peleando, y desconozco cuál sea el motivo de tal enfurecido encuentro. Pero me he limitado a verme como un César, y darle "pulgar abajo" al perdedor (y aún sin decirme que "los que vamos a morir, te saludan").
Poco a poco, esa callezuela, inclinada, ha visto como sus suelos forrados de asfalto, se han convertido en arroyos, pequeños y a la vez, estrepitosamente ruidosos; las hojas parecen pequeñas canoas que son arrastradas por unos rápidos.
Olvidé mencionar que ha comenzado a llover, olvidé que hace unos días, me asola un enorme desconcierto que, ha provocado que hoy, y más que nunca exista una copa dentro de mí, que poco a poco se va llenando de lágrimas.
Las lluvias se han comenzado a apostar en nuestros días, tras el advenimiento de una jornada calurosa en extremo, quisiera que el sonido de violines no cambiara por el de un piano triste, pero me veo en esa flagrante necedad de querer refugiarme, bajo el cobijo del frío y la llovizna.
Mueren los sueños, muere el día, muere el Sol en esta extraña pesadumbre; quisiera no haber sido tan torpe, por haber confundido una felicidad falaz y volcarme a una infelicidad flamígera. Tardes de encuentros furtivos que, en este momento quisiera que esta tormenta apagaran.
Las aguas han salido de su cauce, ya sobrepasan a las aceras, camino por camellones, puentes. El ruido del agua es una extraña orquesta que forra de caos a aquellos que invadieron sus reinos.
Camino por callejones, las aguas ya llegan a mis rodillas, son transparentes, hay hojas y palmas flotando. Solo para dejar como recuerdo, los deseos de apagar esta melancolía voraz... Pues al pasar las aguas, ya no habrá rastro de mi.
5 abr 2010
En la plaza... (Sé que no vendrás)

Estoy aquí, sentado bajo un árbol que me cubre del inclemente sol, es un día soleado, es sábado y habíamos quedado de vernos aquí, en este punto, en la hora y fecha acordados, y me siento completamente alegre pensando que en cualquier momento aparecerás.
Tras las colinas veo unas nubes, se miran tan simpáticas, es imposible que esto se arruine, haya nubes o no sé que tendrás que aparecer por alguno de los extremos de ese lugar, sé que no fallarás, y sé tampoco que no faltarás a una invitación como ésta, por que sé que no te resistirás a una caminata por el lugar platicándome de algo, por que sé que siempre tendrás algo que contarme.
Veo a un perro de la calle jugando con unos niños, el perro no es agresivo y busca compasión en las miradas y en los juegos de aquellos infantes, pero después de algunos minutos es ahuyentado por los padres de éstos. Y sigo mirando al reloj, veo a las luminarias de la calle y poco a poco noto que el tiempo transcurre de forma inmediata, no sé por que no me desespero, es algo raro en mi, ni me preocupo por ello, pero sigo observando a las cosas que ocurren alrededor; miro al policía rodeando el lugar, veo a las parejas caminando, veo a los ratones huir entre los paseantes y turistas, tratando de llegar a la grieta mas próxima para guarecerse.
Saco mi cigarrera del bolsillo de mi pantalón, saco un característico encendedor transparente con la flama al cien, el clima es templado, es agradable, y las nubes poco a poco lo cubren todo, por lo menos y para mí es aun mejor, y si lloviznara un poco y mojara la tierra y esta soltara su aroma a petricor, sería una imagen inolvidable, agradable, caminar entre pequeños charcos, sentir el perfume de la tierra, y la humedad subiendo por nuestras pieles, mientras las palabras siguen sus respectivas direcciones. El día clama con piedad que aparezcas, pero el tiempo sigue su curso, y no hay señales de tu proximidad, no hay algo que me aliente a pensar que todas las cosas que hace rato vi, sean algo que yo pueda materializar contigo.
Sé que puedes estar a medio camino, apurada, pensando si no estaré molesto por la demora; sé que quizás estas pensando en las cosas que nos contaremos, sé que mientras pienso todo esto estarás dando la vuelta detrás de los muros blancos de la iglesia buscando a la primera figura solitaria que veas fumando bajo un árbol, mirando el reloj con un rostro de fastidio, y que estarás próxima a dar una disculpa por ese enorme retraso. Las nubes lo han cubierto todo, el hombre que vende artesanías y pulseras se encuentra a mi lado con su manta, vendiendo inciensos de mirra, almizcle, opio y flor de loto, y hacen que las nubes tengan una entrada triunfante a punto de liberar esos agradables aromas, y me regresan de nuevo a la ilusión de verte llegar con esa ropa tan característica de tu parte, con un morral color rojo colgando de tu hombro izquierdo.
Pero ya llevo mucho tiempo aquí, he soportado la burla del día mirando a las parejas, a mi alrededor yacen tiradas las 10 respectivas colillas de los cigarros y voy por el onceavo cigarro; estoy a punto de acabarme la botella de agua para aligerar mi resequedad por los nervios y que, a tu ausencia, la he utilizado para aminorar la acidez del cigarro en mi boca, Ha "chispeado", mis rodillas se mojaron levemente, hay pequeños charcos en el suelo rojo de la plaza, los pichones acuden a ver los despojos de la lluvia, los faros comienzan a encenderse a pesar de haber todavía luz, las nubes son cada vez mas oscuras, y quien estuvo aquí hace rato y quien ya se va, me mira con cierta extrañeza y sorpresa.
Pues sé que ya no vendrás, creo que debí haberle hecho al presagio sobre tu ausencia, sé que no vendrás, por que no atendiste a mi llamado; sé que no vendrás, por que prometiste llamar, y no lo hiciste. Sé que no vendrás, por que algo mas se te presentó en el camino y la próxima vez que yo intente llamarte, me dirás una astuta, pero tonta excusa para justificarte.
Sé que no vendrás, por que nunca hice tal invitación.






