24 mar 2021
Una flor.
28 ene 2021
Fantasmas
Cuando una persona muere, su espíritu queda encerrado en el escorzo que forman los muros en donde su cuerpo físico respiró por última ocasión, por ello, las almas penan, quedan ahí y vuelven frío el ambiente, ahuyentan a quien resida en esos lugares, no soportan la idea de compartir espacio con seres vacuos y frívolos por ello recurren al espanto.
No les basta que les pongas velas, no basta con llamar al curandero, ni al espiritista para comunicarse con él. Las almas son un lemento etéreo que queda atrapado en las paredes, en los rincones, en el filo de las cornisas, en las juntas de los mosaicos, en las tuberías. Lo mejor es derrumbar la casa, hacer fallar las estructuras y que todo vaya acabando poco a poco para ese sitio, que la ruptura de sus muros deje escapar todos los lamentos, todos los suspiros de este o todos los seres que han transitado en ese lugar.
Y si me lo preguntas, respondo a ello que, derrumbar un sitio, significará reconstruir algo que traerá nuevas historias.
Cuando no estás.
Llevo días pensando en esa maravillosa cualidad mía de ganarme a las personas, para el fin inicial, llegar a la meta y sentirme maravillado de tu compañía.
Y llegué contigo, después de un largo trecho casi conocido por mí; yo me pasé semanas mirando por la ventana. Me ha costado tiempo y cabello saber en qué momento sería el idóneo para saberme feliz con alguien. Intenté hallar fórmulas, romper algunas ya creadas; ser feliz y tratar de ser tolerante ante la beligerante diferencia mental que me supuso alguna por ahí, me dejé llevar por el curso de la vida... Y no quise repetir esa fallida metodología, regresé a un planteamiento evolucionado.
Cuando se mira tanto a la ventana como si se mirara tanto al interior de uno, y se tiene la cabeza llena de cosas, no es fácil que cualquier vibración haga efecto en uno; esa vibración tendrá que ser especial, debe generar música, colores, luz, paz.
Entonces, llegamos a nuestro puerto, me invadía la idea de saberme caminando contigo, con los perros, por el parque o yendo a alguno de esos restaurantes a los que acostumbraba acudir a solas; entonces el desear tanto la llegada o materialización de algo, cuando se tiene, se comienza a veces una etapa de desprecio o de desapego progresivo.
Yo no quería eso, pero creo que tampoco he podido hacer de lado la historia que te embarga, yo sé que no has podido hacer de lado a esa persona por la que viviste tanto y por tanto. Yo sé que hiciste el apreciable esfuerzo de tratar de vivir el hoy y el ahora conmigo, y te estoy completamente agradecido que por este tiempo me permitieras reimaginar la película que vimos cuando la universidad, y generar escenas mejores, argumentos todavía más sólidos y una vida hincada en el terreno, nuestra realidad no iba a ser capturada en Zaragoza o en Teruel, pero me bastaba con Coyoacán y Santa María la Ribera.
Me di cuenta cuando llegué del trabajo en el Castillo, te noté con el diablo adentro; y es que soy tan débil ante tí, que un promontorio en el mar me gritó irritado que las olas eran esa verdad que escondías. Ya no me sorprendía, aunque quise no ver que estabas pasando por una situación en que seguramente, una llamada te hizo toda la revoltura de emociones.
Amor mío, no me siento derruido por dentro, sin embargo, un golpe a tiro de resquebrajo me dio cuando tuvimos nuestra comida con vino tras tu regreso, y te vi con la cabeza gacha, llorabas al preparar todo, llorabas por las noches y no quisiste decir palabra alguna, solo sonreías musitadamente. El declive de mi ánimo se dio cuando, en una noche en que debía resolver el resguardo de un convento me robaste de la mesa, tú, investida con una camisa mía bajo el argumento del encanto que te provocaba mi perfume, nos vimos enredados en pies y manos en cuestión de minutos... Sollozaste otro nombre.
Supuse te sorprenderías, supongo el éxtasis te había consumido que olvidaste mi nombre, o no te percataste de lo que dijiste; y en consecuencia, me gané el olvido, me regalé aislamiento. Me preguntaste posteriormente el porqué, muchas veces llegabas con las cosas de la cena y al escucharte llegar, prefería tomar mis cosas y salir, no volver pasada la medianoche. El estudio se tiñó de azul, y tu provocativa investidura desapareció, por yo haberme hecho a un lado... Cuando ya te cansaste corazón, cuando te agobió la serie de historias creadas por ti y darte cuenta de lo ocurrido al nombrarte al anterior ser humano, solo callaste y apoyaste la frente a la palma de tu mano. Y no lo negaste, ni te empeñaste en confirmarlo, ya no había mayor confirmación que el fondo musical de "Cuando no estás", y el sol del agonizante día.
Ahora, he vuelto al inicio, mi estudio yace cubierto de focos, he cambiado el interior, y la ventana permanece abierta al resplandor del sol de las tardes, al soplar del viento. Hay aún un parque y los perros en el; los restaurantes también permanecen, pero solamente yo, acudo a gastar mis momentos ahí, suspirando por tu ausencia, y el regocijo de una saludable vuelta a la soledad.
14 ene 2021
A tu lado...
En el día 44 sin tI, me pasó que veía las nubes, escuchaba pistas saliendo de una bocina imperceptible, invisible, y de repente, lo que estaba cubierto de nubes, ya se había transformado en velos discretos de cielo color lila tornasolado; ya era común ver algo así desde los días 39, 40 y 41, el 42 estuve por tomar la calle y el viento me hizo retraer mi paso para solo terminar por darle vuelta al cerrojo de mi casa y no emprender la huida.
7 mar 2018
Solo por eso.
No te pido que acabes conmigo, tampoco que vuelvas en estas breves ausencias, sin embargo, es difícil no voltear hacia el cielo, hacia las estrellas, hacia el más allá y lo que significa el azul de las tardes o de los amaneceres, los rayos de sol, que inevitablemente me recordarán a ti.
Mordería mis labios de emoción, al no tener un café, un cigarro, una cerveza para un atardecer, un sitio en el que, los cantos y las aves pueden mostrarme la maravilla de olvidar el peso de mi presente y de los momentos en que me hallo así, lejos de tu calor y el frío de tus manos. Y de paso, celebrar tu tardío regreso y tu primera llegada.
Es probable que con estas cosas, solo disminuya el valor de mi vida como un ente en esta tierra, pues alguien podría considerar que no vivo la vida. Estuve pensando, eres una mujer ocupada; me tocó estar en casa con los hijos, y no imaginas cómo extrañé tu mirada somnolienta y cansada, hace ya una semana que partiste, hace unas horas que te comunicaste para reportarme tu estadía, tu estado, preguntar por los hijos peludos, fui a dejarte al aeropuerto y quedaste de regresar, ibas tan bella y arreglada, ibas oliendo tan bonito, distinto a como te conocí. Íbamos por el pasillo de la terminal, en la zona de abordaje, sonaban los tacones de tus botas mientras las ruedas de la maleta se deslizaban sobre el suelo ceramizado del lugar.
Mientras esperábamos al llamado para el abordaje, quedé imberbe. sin inmutarme; jamás habías estado tan lejos de mí; ni siquiera en los 13 años en los que permaneciste lejos, y hoy me hallo con el temor de que no regreses; el mundo se ha vuelto un sitio lleno de tanta porquería y si me preguntas si a pesar de ello, hallo maravillas... La respuesta es, sí.
Pero han dado el llamado, me abrazas, te despides y te veo perderte en la exclusa que te llevará al avión. Hemos sabido de ti por las imágenes que nos compartes, por las videollamadas, por las llamadas; y cuando llamas, qué grato es escuchar tu voz y preguntar cómo he estado, y saber que ante mis cuestionamientos, tus respuestas son positivas, pues estás bien, estás maravillosa, eres maravillosa, y tu voz al teléfono es la esperanza que regresa a mí, después de la oscuridad que significa el dormir por las tardes y cansado por los proyectos en puerta.
Ha pasado más de una semana, y no me basta con escuchar al Príncipe para admitir el preludio de la felicidad que la terminal 9 me trae, las canciones que Ana sigue haciendo resonar cuando en estos días y en compañía de Ozzy y Terry, me hallo dando vueltas por la glorieta, o andando entre las calles que nos miran andar juntos todos los viernes al ir a comer un asado, o al ir por un café (o los domingos en los que me ves corriendo con un par de cajas de pizza). Ha pasado una semana en la que, me divierto con la idea de tu regreso, y de repente, apareces, con tu vestimenta, con tu abrigo claro y tu blusa negra.
Me veo con el rostro iluminado, con una pancarta que te anuncia que alguien moría por verte y un ramo de tulipanes que se abaten ante el movimiento de mis brazos que se abren para recibir el golpe de tu cuerpo junto al mío, al abalanzarte sobre mi y verme así; ojalá nunca te fueras, ojalá nunca tengas que ir a hacer tus labores en el otro lado pero ¿quién soy yo para impedirlo? Si tantos años me ha costado admitir que la mayor muestra de amor, y la mejor, es la libertad. Aunque también sientas pocos ánimos de irte, y te resistas a ir al despacho sujetando mi cabeza, alborotando mis cabellos acercándome a tu pecho, olor a Carolina Herrera, y la luz del sol por el ventanal y el parteluz de nuestra casa. Nada me quita la felicidad de saberte muy dentro de mí, de saber que te sientes querida, que a pesar de tus agobios y las tensiones de tu trabajo, siempre tienes tiempo para contarme cómo va tu día y qué te preocupa; la forma en como tomas la taza con el café, la forma en como miras hacia la mesa y como te mueves cerrando los ojos cuando me acerco a masajear tus hombros, tan cansados. Y aún así, cansada y todo, tienes música, llevas mucha e inspiras a que escuche canciones que me lleven a ti.
Y al final... Verte con mis camisas, semidesnuda invadiendo mi estudio.
2 dic 2017
La espera en la estación.
15 ene 2017
Alma en tempestad.
14 ago 2016
Soliloquio.
Aquí yacen los últimos momentos de mi solitario pensamiento, me pregunto por cuánto tiempo veré remojarse a mis amigos entre el alcohol y la tormenta, ¡nada como poner al sol mis deseos, y refrescarlos con cerveza al atardecer! Pierdo el motor de todo odio, cuando observo al sol ocultarse, ¡y hace tanto que no pienso en alguien! Y más, que ni le he colocado su nombre a una puesta de sol.
Pero aquí me veo, cubierto de nubes, escuchando el zumbido de los mosquitos que claman por dejar al descubierto una parte de mi cuerpo que pueda ser explotable para sacarme sangre, me veo con este grillete en donde grabo mis pensamientos, y en las cosas que deseo olvidar, las que poco a poco pierden importancia, y las que quiero que importen.
Hoy, como hace unos días, he tenido la dicha de ver una luna que, a pesar de la opacidad del cielo, me ha permitido verla como hace semanas no lo he hecho, pues desde marzo, quizás febrero, entre los árboles de la escuela, he visto más días grises de los que hubiera yo querido. Pero igual, poco a poco veo a todas ellas partir, a las nubes y a las cerezas de mis pasteles. Hace tanto que no me veo en la necesidad de plasmar el dolor, de escribirlo. Suenan las acústicas y los violines, mientras mi cabeza, vuelve a ocupar el papel de licuadora mental.
13 mar 2016
La máquina que forzaba su paso.
Esos "Te amo",
disfrazados de "te adoro",
las mañanas que se tornan inclementes,
largas, pesadas,
esas que me hacen desearte,
y que en mis adentros,
hacen esperar ese momento,
para derretirme en tu calor.
Un "te amo",
disfrazado de "te adoro",
y mi mente divaga,
entra en la calma por saber,
que tu amor me colma,
entra en conflicto por el temor de perderte.
Los telones de mis palabras,
ese tesón tuyo por vivir el hoy,
vivimos en esta vorágine llamada "amor"
y a tus pies me rindo,
soltando las riendas de mis humores volátiles.
Un "Te adoro",
que guarda a un "Te amo",
un abrazo que muestra cuánto te extraño,
mis paisajes cobran otro sentido,
y mis soledades ya no son tan solas,
si tomo una píldora de ternura,
y comienzo a recordarte,
a adorarte,
a pensar que llegarás con tus labios,
rogándome a gritos que los muerda.
25 oct 2015
Recuerdos al suelo.
Y ahora, nos vemos tirados al suelo, parece que ha sido mucho tiempo desde aquellos días en que comenzó todo esto; la toma de la Universidad por la tropa, recuerdo que quedaste atrapado en los baños de Arquitectura, y tuviste la suerte de escapar a expensas de que te encontraran. ¡Bendito Dios que, no te pasó algo! Otros no corrieron con la misma suerte y aparecieron asesinados días después.
Y, me veo contigo, tirados al suelo, recordando cada uno de esos días turbulentos del verano de 1968, las largas jornadas en las brigadas, en la periferia de la Ciudad: La Merced, Iztapalapa, Tacubaya, Coapa; las noticias que nos llegaban por boca de los compañeros sobre la sangrienta derrota y toma del Politécnico a manos del Ejército.
Las ocasiones en que preferíamos hacer a un lado esas cosas e ir al Cine Tlatelolco, a la Zona Rosa (aunque sea a mirar o tomar un café), la iluminación del Centro. Cuando llegabas y me dabas vueltas por el Centro Médico; los momentos en que nos pasábamos tirados en el pasto, en las islas de Ciudad Universitaria, observando el recorrido de las nubes y dejando al tiempo escurrirse.
O como cuando me pediste ser tu compañera, ese día fue realmente inesperado, y dije que debía meditarlo, estaba sin cabeza por las cosas que pasaban a nuestro alrededor, la ignominia de nuestros adultos y tu estado de salud me tenían con cierto desconcierto; vivías con ese pendiente de cuidarte las espaldas, ya habías tenido ciertos episodios en los que el pánico te abordaba y no sabías en qué momento, podría llegar a ser el último. Vivías esperando el "apañon" -como decías tú-.
Y cuando recibí tu propuesta, hasta habías comenzado a tartamudear...
Nunca imaginé verte así, estaba anonadada, nunca vi o pensé llegar a ver al hombre fuerte y alto, arquitecto de estudio, guerrero de pensamiento y acción doblegarse, perderse por una cosa así; y es que, no era cualquier cosa.
Un hombre fuerte adopta esa fortaleza
por la cantidad de sucesos previos que vivió en el pasado, cosas que ya no me tocó ver en ti, para apaciguarlas, para tranquilizarte, para que no tuvieras casi todo el tiempo ese rictus de seriedad en la frente; pero de repente, te viste tan tierno y vulnerable en ese instante.
Recuerdo los mítines en Tlatelolco, las noticias de aquellas encarnizadas batallas en la ciudad, la bazuka en San Ildefonso, el ataque a la Vocacional 5; me preguntaba si era necesario que todo esto hubiera llegado a este punto. La vida debía cambiar y para ello, la vida debía dar giros para que ese sacrificio no fuera en vano, aunque lo terrible de todo esto, era el sacrificio mismo.
Había yo salvado el pellejo el día que la Universidad fue tomada, yo estaba en Copilco cuando escuché que la gente daba alaridos de terror por la cercanía de la tropa; yo iba con mi bonche de papeles que recién había recibido por mi labor en el mimeógrafo, largas jornadas de sonidos mecánicos para informarle a todos que, nuestra lucha era pacífica (¡de qué serviría!).
Esa tarde, sentí un terrible sobresalto, y me dirigí corriendo a CU; Mariela, nuestra amiga en común me detuvo -poco le faltó para clavarse al suelo para evitar mi marcha-. Pero ya no pude hacer más, la Universidad ya estaba rodeada, lo único en lo que pensaba era en tu horror y el coraje que las bayonetas te provocaban, te imaginé en alguna de esas escenas que salieron al otro día por el periódico: sometidos, manos a la nuca, acostados en la plaza de Rectoría, o parados con los militares acosándolos a ustedes, y cantando el himno nacional con los dedos levantados con la "V" de victoria.
Pero, también recordé que detestas cantar el himno nacional, no por una expresión apátrida sino, porque no te parecía correcto usar una letra que enaltece a la patria mediante la guerra, en un movimiento pacífico.
Sentí que el corazón se me iba ese día, te recuerdo por ultima vez en la cafetería de la Universidad, dijiste que recogerías material que olvidaste en el taller; o si acudirías a informarte sobre alguna resolución a la que se haya llegado en alguna de las largas disertaciones del Consejo.
Me contaste que tuviste que caminar largas horas por la oscuridad,
sorteando a las alimañas del pedregal, las espinas de la vegetación de Santo Domingo, y con el amplio temor de ser hallado por algún hambriento militar; dos días con el Jesús en la boca, hasta que te vi desgañitado y con muchos raspones, tus botas ya lucían la marca del trato de la roca, y ya se había despegado la suela y tus pantalones lucian rasgados, pasaste horas escondiéndote en alguna caverna; tomaste Insurgentes y seguiste tu marcha hasta Chapultepec y de ahí a Tacuba. ¡Qué cansancio el tuyo! Dos días sin comer y beber algo, tuve que marcar a la Dra. Arámburo para no ir al Hospital y te hicieran preso.
Ya vivía con ese temor.
Recuerdo cuando me platicabas de aquella primera marcha por Insurgentes hasta Félix Cuevas y de regreso por Avenida Universidad, ese día no pude ir porque mi madre estaba enferma; ya se hablaba de que el Batallón de Paracaidistas estaba situado con bayoneta calada a la altura de la Glorieta de Insurgentes y se decidió volver a la Ciudad Universitaria; estabas detrás del rector Barrios Sierra, me platicabas de la Tridilosa del ingeniero Heberto Castillo. ¡Cómo te impresionaban esas personas!
Ahora, nos vemos en el suelo, regresando al momento en que me pediste afianzar mi compañía, y te dije que lo debería pensar, estaba asediada por el miedo de los días previos, saber que hubo amigos que nunca más volvieron a casa, que no sé si volverán; me hallo recordando esa tarde tirados al pasto, los momentos contigo en algún punto de la ciudad, como cuando prometiste llevarme por el Metro una vez que lo inauguraran; como Arquitecto te encantaba la idea de tener un servicio de primer mundo en nuestra ciudad. Siempre le viste lo hermoso al caos que suele llegar a ser la ciudad, querías seguir los pasos de Mario Pani.
Ahora intento no ver el momento en que hoy nos encontramos, al suelo de la plaza. Hace ya una hora que comenzó el tiroteo, y no supe qué pasó que, sentí un extraño calor y adormecimiento de la pierna, y caí al suelo.
Me dijiste que descuidara, que todo pasaría, vimos personas caer, uno a uno; alguno con una perforación, quizás dos en el tórax, una manta de la Facultad de Derecho yacía pisoteada y llena de agua, una gorra de ferrocarrilero ensangrentada, imaginé el destino del portador de la misma y me negué a seguir viendo.
Hubo otros, que sin cráneo terminaron, o terminaron sin un pedazo de cara por bala expansiva; los hubo desde niños hasta ancianos, pasando por los que éramos estudiantes, desde los más pequeños que venían iniciando cursos en la Preparatoria, en las Vocacionales y que fueron a dar ahí por la curiosidad que les engendraba el movimiento, o por ser un incipiente conjunto de futuros miembros del mismo. ¡Qué gran espíritu! Y qué tristeza su destino.
Hubo madres embarazadas, abuelos que recogían a sus nietas o hijas de la escuela, pensando quizás que la edad los haría merecedores de la compasión de la bayoneta, sin tomar en cuenta que la bayoneta no tiene conciencia, y que sólo tiene motor en el ímpetu que la obliga a abrirse paso en el cuerpo que atraviesa; hubo perros alcanzados por las balas, flores pisoteadas y nosotros, que yacemos tirados, en el suelo, conteniendo las ganas enfermas de tiritar, de gritar, de sangrar.
Ambulancias sonando, detonaciones, un claxon que no deja de sonar hacia el eje Central... Todo es una rara película, es una pesadilla.
La vida juntos pasa una a una, te he tomado la mano, hubo un momento en que esa mano pasó del clásico calor tuyo, a un estremecedor frío. Pensé que en algún ataque de pánico tuyo, la presión te había bajado y por ello esa reacción de tu cuerpo, y ya me había acostumbrado a verte así y sólo bastaba con decir que "todo iba a estar bien", y abrazarte.
Más, algo me decía que ya no iba a ser así, ahora los momentos que viví a tu lado, en el Moro, en el cine, en las asambleas del Justo Sierra, en las islas de la Universidad, cada que ibas por mí a Filosofía, y de ahí perdernos en tu "Renol" por el pedregal; en las brigadas, todo pasaba por mi cabeza en ese momento en que el tiroteo amainaba, llevábamos una hora echados al suelo en esa lluvia de agua y balas.
Ahora, recuerdo que me dispuse a dejar de pensar tanto, y admití tu propuesta, decidí que al terminar el mitin respondería a la pregunta que me hiciste en la escuela, hoy que estamos en esta posición me di el valor de decir: "¡Si! Sí acepto irme contigo, ¡quiero vivir con más intensidad los días a tu lado! Y seguir perdiendo el tiempo viendo las nubes desde el pasto de CU, quiero estar contigo el resto de mis días."
...
Me hubiera encantado decirte todo esto, estando tú presente ahora, y ahora me veo empapada y sintiendo las ganas de tragarme mis gritos, nos hallamos hinchándonos debajo de esta inclemente lluvia, me hallo observando tu cuerpo, el frío de tu mano fue causado por una bala que te atravesó el cráneo, te arrebató de mi vida como esas hojas del otoño cuando son sopladas por el viento.
Quisiera tanto haberte dado el "Si", y ver tu sonrisa por ello, seguir con nuestros planes una vez que esto hubiera acabado, regresar al tiempo y vivir en paz, conocer todo lo que vendría tiempo después, cuando las aguas se tranquilizaran.
Ojalá que Tlatelolco nunca hubiera llegado.
4 ago 2015
Después de las lluvias.
3 mar 2014
Las aguas...
Y es que ahora, me veo sentado en los bordes de la banqueta, mirando como pasamos del estrangulador y atosigante calor, a un extraño día nublado, huele a lluvia, y aún no ha llovido. Se sigue sintiendo calor, y este color gris de las nubes ha provocado llegar a la conclusión de que sigo ahogándome en un mar de recuerdos.
Observo a "los tordos", que se pelean en la orilla de la calle, se la han pasado un largo trayecto peleando, y desconozco cuál sea el motivo de tal enfurecido encuentro. Pero me he limitado a verme como un César, y darle "pulgar abajo" al perdedor (y aún sin decirme que "los que vamos a morir, te saludan").
Poco a poco, esa callezuela, inclinada, ha visto como sus suelos forrados de asfalto, se han convertido en arroyos, pequeños y a la vez, estrepitosamente ruidosos; las hojas parecen pequeñas canoas que son arrastradas por unos rápidos.
Olvidé mencionar que ha comenzado a llover, olvidé que hace unos días, me asola un enorme desconcierto que, ha provocado que hoy, y más que nunca exista una copa dentro de mí, que poco a poco se va llenando de lágrimas.
Las lluvias se han comenzado a apostar en nuestros días, tras el advenimiento de una jornada calurosa en extremo, quisiera que el sonido de violines no cambiara por el de un piano triste, pero me veo en esa flagrante necedad de querer refugiarme, bajo el cobijo del frío y la llovizna.
Mueren los sueños, muere el día, muere el Sol en esta extraña pesadumbre; quisiera no haber sido tan torpe, por haber confundido una felicidad falaz y volcarme a una infelicidad flamígera. Tardes de encuentros furtivos que, en este momento quisiera que esta tormenta apagaran.
Las aguas han salido de su cauce, ya sobrepasan a las aceras, camino por camellones, puentes. El ruido del agua es una extraña orquesta que forra de caos a aquellos que invadieron sus reinos.
Camino por callejones, las aguas ya llegan a mis rodillas, son transparentes, hay hojas y palmas flotando. Solo para dejar como recuerdo, los deseos de apagar esta melancolía voraz... Pues al pasar las aguas, ya no habrá rastro de mi.










